Deodoro Roca

Nació en Córdoba el 2 de julio de 1890. Primó en el la docencia informal, la simpatía, la gracia y el sentido dionisiaco de la existencia. Pocos políticos tuvieron su claridad y coraje cívico manteniéndose ajenos a partidos y banderías. Se graduó de abogado y doctor. Fue uno de los primeros en articular reclamos pedagógicos y administrativos con la realidad político social argentina. Se lo consideró una cima moral e intelectual de su época que reaccionaba contra un mundo de oscuras y contradictorias visiones de una realidad a la que embestía y llevaba por delante para superarla dialécticamente sin negar su sentido popular. Deodoro Roca, quien en su momento fuera considerado por Ortega y Gasset como el argentino más eminente de los que había conocido, según recordaba Manuel Gálvez, y que para Ezequiel Martínez Estrada fuera el escritor político argentino más importante del siglo XX.


Deodoro fue el redactor del Manifiesto Liminar de la Reforma del 18, el documento político más trascendente que Argentina legara al mundo en el siglo XX. Sin embargo, hoy es casi un desconocido en su tierra. En una nota autobiográfica escribió: “No he actuado en la vida pública de mi país desde la angostura de programas y partidos políticos, pero he hecho, al margen de ellos, y desinteresadamente, una intensa y riesgosa vida pública. La haré hasta que me muera, porque me interesa hasta la pasión el destino de la patria y sobre todo el destino del hombre”. Nació en una familia de la alta sociedad cordobesa pero fue, como lo definiera Gregorio Bermann, “un tránsfuga de su clase”. Ejerció la abogacía con pasión de artista: «Una vida en plenitud admite y ennoblece el goce espiritual, y enriquece las profesiones que, como la abogacía, están constantemente escapándose de la espiritualidad y cayendo en zonas de decorosa comerciabilidad. Basta para eso orientarla en el sentido de lucha por la justicia y poner en ella valor, pulcritud, decoro, y mantener siempre vivo el horror por la estupidez, por la chabacanería, por el trabajo mal hecho, y por la vulgaridad plebeya y letrada que es pulmón de acero de nuestra profesión. Entonces la abogacía se aproxima a las bellas artes. Y sólo aproximándose así a ellas se puede ser un buen abogado”.


En el sótano de su casa de la calle Rivera Indarte recibió, entre tantos otros, a Stefan Zweig, Hermann Keyserling, José Ortega y Gasset, Raúl Haya de la Torre, Eugenio d’Ors, Waldo Frank, José Ingenieros, Alfredo Palacios, Lisandro de la Torre y Rafael Alberti. Su obra escrita, recopilada tras su muerte (1942), aún tiene vigencia: Las obras y los días (1945), El difícil tiempo nuevo (1956), Ciencias, maestros y universidades (1959) y Prohibido prohibir (1972). Hombre de acción, una noche “vistió» las estatuas de Córdoba, protestando por el retiro de un desnudo del Salón Oficial de pintura. Más tarde, indignado por la indiscriminada poda de árboles de su ciudad, pidió, desde su columna en “Las Comunas”, la cabeza de los asesinos de árboles: “Pedimos su cabeza para satisfacer una antigua curiosidad”, decía. “¡Para ver que tienen dentro!”
Como abogado defendió a innumerables presos políticos, y como periodista se opuso al fascismo así como también al avance de Gran Bretaña y Estados Unidos sobre América latina. Falleció en Córdoba, el 7 de junio de 1942. Tras su muerte, un joven asmático se mudó a Córdoba por recomendación médica. Allí, en una ciudad donde estaba vivo el recuerdo de Deodoro, se hizo muy amigo del hijo de éste, Gustavo, lo que le permitió pasar tardes enteras en su biblioteca personal. Dos décadas más tarde, Ernesto Guevara también se convertiría en ejemplo y símbolo de la juventud latinoamericana.

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¿Por qué el pueblo argentino debe recordar la Reforma Universitaria?

«Porque es el movimiento espiritual más rico y trascendente —sin hipérbole alguna— que haya agitado a la juventud de la América latina, desde la emancipación acá. Se expresó por primera vez, de un modo sumario, en Córdoba. Comenzó por un apasionante proceso a la enseñanza dogmática, desvitalizada, mejor dicho, «tóxica» que sufría —y sufre aún— la Universidad argentina. Estado y Universidad eran —y son— la misma cosa. Las mismas manos manejan los compases en uno y otro comando. Lo que empezó como defensa contra los malos maestros y afán de reformar el sistema educacional que los hacía posibles, se convirtió en un vasto proceso al sistema social, que es de donde arranca la dogmática, la penuria y la regresión de la Universidad de entonces, y, más visiblemente, de la de ahora. Ese sentido tiene las vicisitudes de la Reforma Universitaria ligada profundamente al dramático destino de la juventud. En 1918, el señorón y el fraile platicaban sosegadamente en los claustros universitarios. Todavía se les llama inadvertidamente así: claustros. En 1936, están los mismos, en los mismos claustros, aunque no tan sosegadamente. Los guardias de asalto del capitalismo y los cuadros del ejército custodian celosamente la misma penuria educacional. Pero la juventud cobra mayor conciencia de su destino y escoge mejor los medios de realizarse. Aquel movimiento pequeño-burgués y romántico de 1918 es hoy un movimiento social caudaloso y profundo. La juventud comprende hoy que solo habrá reforma educacional a fondo, con reforma social, también a fondo.” (Deodoro Roca, obra reunida: Cuestiones universitarias, 2008)